HISTORIA - MARAVATIO

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HISTORIA

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La guerra de los insurgentes

La guerra de independencia iniciada en el ocaso del verano de 1810, tuvo sus orígenes y motivaciones fundamentales en las profundas contradicciones que predominaron en el seno de la sociedad novohispana.

La conspiración organizada en Valladolid por prominentes personalidades como Mariano Michelena, Fray Vicente Santa María, García Obeso y otros, alcanzó importantes ramificaciones dentro de las intendencias de Valladolid y Guanajuato.

Dueños absolutos del poder político, los peninsulares emprendieron cruenta represión contra los promotores de la causa independentista. En los últimos días de 1809, se dejó sentir en la intendencia de Valladolid una fuerte inquietud social auspiciada por los criollos.

Las acciones militares

La denuncia de otra conspiración de criollos organizada en Querétaro precipitó el inicio de la Guerra de Independencia. Don Miguel Hidalgo y Costilla, cura de la Congregación de Dolores y uno de los principales promotores del movimiento, convocó a los feligreses de su parroquia en la madrugada del 16 de septiembre de 1810, para levantarse a la lucha contra el vetusto y odioso régimen colonial.

En el valle de Maravatío, Antonio Fernández fue el primer jefe independentista que se pronunció a favor de la liberación de México del yugo español. A principios de octubre de 1810, Fernández reclutó una respetable partida de insurgentes de entre los peones y arrendatarios de las haciendas, junto con un gran número de comuneros de los pueblos circunvecinos.

El paso del ejercito insurgente por Maravatío fue descrito con lujo de detalle por el brigadier realista Diego García Conde, quién había sido hecho prisionero cerca de Acámbaro por una guerrilla insurgente. Según la versión de dicho oficial, recogida por Lucas Alamán, las tropas independentistas estacionadas momentáneamente en Acámbaro y compuestas por 80000 combatientes, salieron el día inmediato para Maravatío, y de ahí para la hacienda de Tepetongo y a poco de haber salido de esta población hubo una alarma, diciendo que los gachupines se iban apareciendo en la loma en que se marchaba siempre, la gran cola que se hacía esta operación era de muchas horas, pues los indios iban cargando a sus hijos, carneros y cuartos de res, y es de advertir que los saqueos que hacían se llevaban las puertas, mesas, sillas y hasta las vigas sobre sus hombros.

Como hacía Emparan en Maravatío, los insurgentes se prepararon minuciosamente para defender la plaza de Zitácuaro contra la expedición que planeaban las fuerzas realistas. López Rayón dispuso la apertura de fosos y parapetos en torno a la población, y obstruyó todos los accesos a la misma de las inmediaciones de aprovechados por el enemigo. La tarde del 20 de junio de 1811, las tropas de Emparan salieron de Maravatío con destino a Zitácuaro al cual arribaron por la mañana del día siguiente.

El 1ro de enero de 1812, las columnas realistas procedentes de San Felipe del Obraje y Maravatío se presentaron en las inmediaciones de Zitácuaro.

Tras la toma y descripción de la villa de Zitácuaro, Calleja ordenó el repliegue de sus tropas hacia Maravatío ante el temor de que las fuerzas insurgentes que operaban por el Bajío intentaran hacer contacto con sus similares en tierra.

La situación en la que se encontraban el diezmatorio de Maravatío fue descrita con tintes dramáticos por la haceduría de la catedral de Valladolid, en la carta dirigida a Isidro de Castro el 28 de julio de 1819.


La formación de una sociedad

A finales de la segunda década del siglo XVI, los españoles hicieron acto de presencia en tierras mesoamericanas procedentes del Caribe. En un par de años, ante los asombrados ojos del mundo, la pequeña expedición capitaneada por Hernán Cortés, logró sojuzgar a las sociedades más desarrolladas del territorio. Posteriormente, los conquistadores procedieron al saqueo de las riquezas de los pueblos indígenas; indiscriminadamente, destruyeron templos y palacios para apoderarse de los metales preciosos y otros tesoros humanos y naturales; se implementaron instituciones como la Encomienda y el Repartimiento, las que junto con las enfermedades traídas por los europeos a tierras americanas, fueron el factor determinante de los fenómenos demográficos que afectaron a la población autóctona.

La corona española ordenó la creación del virreinato de la Nueva España y sus sucesivos gobernantes gozaron de amplias facultades para impulsar la formación de lo que fue la injusta sociedad colonial.

La conquista de Michoacán y la Encomienda de Maravatío

En febrero de 1521, el soldado Porillas, miembro del ejercito de Hernán Cortés que mantenía sitiada la ciudad de México-Tenochtitlán, recorrió la porción oriental de Michoacán en busca de alimentos y pertrechos para los combatientes europeos.

En el verano de1522, un selecto contingente del ejercito español, respaldado por los militares de aliados indígenas de origen tlascalteca, mexica y otros, partió del valle de México con destino a Michoacán.

Cuiniarángari y su segundo en el mando, el valiente gerrero Muzundira, se trasladaron rápidamente al oriente de los dominios tarascos, para reunir combatientes en las cabeceras y los cuarteles de Ucareo, Acámbaro, Araro y Tuzantla. También fuerón reclutados soldados en punto de menor importancia como los modestos asentamientos del valle de Maravatío, que se encontraban sujetos a los populosos centros de Taximaroa, Ucareo y Acambaro.

Los soldados de Cristóbal de Olid sembraron el terror y la muerte entre la población indígena. En noviembre de 1522, los conquistadores emprendieron el retorno al valle de México, luego por haber terminado de manera inesperado con el poderío de los altivos adoradores de Curicaeri. La conquista de Michoacán se consumó sin grandes esfuerzos por parte de las huestes europeas.

La Encomienda era una institución cuyos orígenes se remontaban a los primeros siglos del feudalismo europeo. Su aplicación en las antillas arrojó resultados catastróficos; no obstante, la Encomienda consistía en la asignación por parte de la Corona de una merced a un individuo, para ejercer control y dominio sobredeterminado número de personas establecidas en un territorio concreto, en este caso la población nativa para su conversión a la religión cristiana.

La Encomienda de Maravatío presenta una historia un tanto confusa.

Casa Blanca

Francisco Hernández de ávila entró en posesión de los terrenos que formaron la hacienda de Casa Blanca a partir de 1581, como parte de la transacción que celebró con los naturales del valle de Maravatío. Hacia 1603, un tal Pedro Martínez figuraba como dueño de tierras en los parajes denominados La Casa Blanca y Puquichamuco, y había entrado en un contubernio con el alcalde mayor de la jurisdicción, Luís Pérez de Zamora, con el objeto de evitar que los indígenas de los pueblos otomíes de Patéo, Tungaréo Senguio y Tupátaro se congregaran en Puquichamuco, pretendiendo que éstos se asentaran en terrenos de Casa Blanca.

En la lista de Haciendas y estancias del valle de Maravatío incluida en el informe anónimo de 1632, no aparece Casa Blanca, la que, seguramente, se consideró como fusionada a la de Puquichamuco en poder de Francisco Hernández de ávila.

No volvemos a contar con noticias sobre la historia de la hacienda de Casa Blanca sino hasta las primeras décadas del siglo XVIII. Entre 1701 y 1703 se sucedieron como arrendatarios de tierras de esa finca Diego García y Pedro de Orozco; para entonces, Casa Blanca formaba parte de la hacienda de Puquichamuco.

Cerro de Mata

Esta finca fue una de las más reducidas porciones que existieron en el valle de Maravatío con la categoría de haciendas. Desconocemos los orígenes de la hacienda becerro de Mata. Para 1666 se encontraba en manos del bachiller Nicolás de Mata de quién seguramente tomo su denominación de Cerro de Mata, y por encontrarse el casco de la finca a los pies de una pequeña elevación de orígen volcánico al poniente de Maravatío.

Chamuco (Puquichamuco)

Los terrenos de esta hacienda constituían una de las más representativas del gigantesco latifundio de la familia Hernández de ávila. Para 1632, la hacienda de Puquichamuco aparecía como propiedad de Francisco Hernández de ávila, vecino de la ciudad de México, quién la tenía otorgada en arrendamiento a varios agricultores del valle de Maravatío.

Maravatío el viejo. Dicho agricultor había trabajado esas tierras durante muchos añosy, al parecer, terminó por comprarlas al dueño de la hacienda de Puquichamuco.

Las comunidades indígenas

Fue durante los siglos XVII y XVIII cuando los descendientes de la primitiva población autóctona de Mesoamérica , congregados en los denominados pueblos de indios o comunidades indígenas, sufrieron con mayor rigor la voraz arremetida de los  colonizadores europeos, quienes les arrebataron violentamente sus tierras y los explotaron a través del peonaje y la esclavitud.

Maravatío

Desde 1581, cuando se llevó a efecto la transacción ya descrita en el capitulo precedente con Francisco Hernández de ávila, los indígenas que se congregaron en Uripitio de los Pescadores para formar el pueblo de San Juan Bautista Maravatío,  recibieron indeterminadas extensiones de Tierra.

Por ese tiempo, los naturales de Maravatío acudieron ante el Virrey marqués de Cerralvo pidiendo su intervención para evitar que buena parte de las tierras en su poder les fueran arrebatadas. Para hacer efectiva una merced requerida por Jerónimo  de Padilla y Juan González a su antecesor don Luís de Velasco, desde los últimos años del siglo XVI. El gobernador de la República de Indios, Juan Miguel y el corregidor de Maravatío llevaron a efecto entre 1629 y 1634, extensas diligencias  para comprobar que efectivamente los indígenas del pueblo de ese nombre carecían de los terrenos suficientes para su decorosa transformación.

Los latifundios colindantes a sus terrenos y al feudo legal de la población materialmente los habían reducido a la zona urbana, ocupando únicamente sus casas-habitación. fue con buena parte de la superficie perteneciente al pueblo de Maravatío  como se conformaron las haciendas de Las Piedras, Guaracha, Casa Blanca y Cerro de Mata, tal como lo habrían de denunciar casi un siglo después los últimos comuneros.

San Miguel Curahuango

El pueblo de San Miguel Curahuango experimentó gravemente las tendencias expansionistas a costa de las tierras de comunidad por parte de los latifundios del valle de Maravatío, entre los siglos XVII y XVIII. Durante la composición de tierras  y aguas efectuadas en la región en 1643, los indígenas de Curahuango acudieron a solicitar el amparo de las tierras mercedadas en agosto de 1615 por el virrey marqués de Guadalcázar, ante la constante hostilidad de varios hacendados rancheros  y arrendatarios colindantes.

Tziritzicuaro y Yurécuaro

Desde los años finales del siglo XVII los nativos de ambos pueblos fueron perturbados por el usufructo de sus tierras por parte de los latifundistas de los contornos. A partir de 1695, los propietarios de las haciendas de Las Piedras y La Concepción  entablaron litigios en contra de los comunes de Tziritzicuaro y Yurécuaro acusándolos de supuestos despojos de terrenos. Así, Pedro de Balbuena y Figueroa, vecino de Celaya, dueño de las Haciendas de Las Piedras, La Concepción y Santa Lugarda,  heredadas de sus antepasados, afirmó que los habitantes de esos pueblos se habían introducido en porciones de la primera de ellas, causando a mi parte un violento despojo.

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